sábado, 29 de junio de 2013

Capítulo 12 - Día 26

Casi todo es olvido. Y lo que no lo es, no se guarda en la memoria, se atesora en el alma. Se forma un vínculo entre lo que se quiere y lo que se puede. Se vuelve parte del alma y del corazón. Se une, se ata, se anuda, se fusiona y se funde en lo más profundo de nuestro ser. Se transforma en nuestro espíritu.   

Vivir también es recordar.
Recordar: del latín recordari, formado de re (de nuevo), y cordis (corazón). ‘Volver a pasar por el corazón’.
Los romanos no asociaban la mente con la cabeza o el cerebro, sino que creían que estaba dentro del pecho. Los griegos iban más allá todavía: asociaban la mente con el diafragma; ese músculo situado entre el tórax y el abdomen con el cual llevamos nuestro ritmo respiratorio. Por eso in pectore, in mente o incorde, “en el corazón” significan casi lo mismo.
Existe una relación entre el español “recordar” y el “aprender de memoria” en inglés: “learn by heart.” Así como también ambas se vinculan al “par coeur” del idioma francés.
¿Cómo no sentir comodidad entre los libros? ¿Cómo no saberme feliz con el lenguaje? Aunque no haya encontrado con quién compartirlo ampliamente, me hace feliz.

Y feliz también me hace conocer a personas como Antonio Suárez. Lo quiero. ¿Cómo no lo voy a querer, si nos cuida tanto? Es tan emotivo que le ha sido imposible no llorar cuando nos encontramos.  
Hoy pasé por la oficina. Papá no estaría allí así que aproveché para dar una vuelta y recoger algunas cosas. La mayor parte de ellas, libros. Libros y una notebook con la que hago cuentas para la empresa. Era indudable que me encontraría con Antonio, ya que es él quien se hace cargo de mis obligaciones desde que no estoy presente en la oficina.
Su vida es así: es un comodín. Es prácticamente el marcapasos familiar. Maneja muchas cosas sin llevarse crédito por ellas. Además, con él no puedo fingir ser un alma libre de pecado: ha llegado a defenderme y a hacerse cargo de una par de miserias mías. Por eso lo creo parte de mi vida; por eso lo creo parte de mi familia. Es como mi hermano mayor en ciertos aspectos.
Cumple treinta y cuatro años el mes que viene, y hace quince que “trabaja” con papá. Debe tener un cromosoma chueco o algo así. No hay otra forma de explicar el por qué pasa tanto tiempo junto a nosotros, y especialmente junto a mí. He vivido tantas cosas a lado de Antonio, que no sentirlo parte de la familia es imposible.
A él lo entiendo. No ha ido a verme al hospital pero sé por qué no lo ha hecho: le duele verme así. Por eso y porque hubiera pasado lo que pasó justó en la entrada a la oficina: hubiera perdido el control de sus emociones al verme en estas condiciones.
Es un matón en lo físico: muy alto, fornido, un poco excedido de peso, media melena y con mucha barba y pelo en el cuerpo. En lo emocional es frágil: su corazón es muy grande. Siente mucho más de lo que quiere admitir.
Aún recuerdo el episodio del nacimiento de su hija: ella debía nacer un sábado. Una semana antes salimos de pesca hacia un río que estaba como a diez horas de casa. El parto se adelantó. Ya de retorno, y para cuando su teléfono captó señal para recibir una llamada, su hija había nacido. Tardamos cuatro horas más en llegar a ese hospital. Lloró todo el camino. Lloró, lloró y lloró. No había consuelo alguno para Antonio. Lloraba de felicidad por una parte, pero por otra no se podía perdonar el hecho de haberse perdido el nacimiento de su niña. Había pasado meses hincado hablándole a la barriga de su esposa. Les había prometido que estaría ahí para ellas. Promesa que rota, lloraba amargamente. No se lo perdonaba.
Una vez en el hospital finalmente se calmó. Como acto final, y para preservar su orgullo de macho, me hizo prometer que jamás hablaríamos sobre su episodio de llanto. Y así lo hemos mantenido hasta ahora. Nadie lo sabe, y nosotros tampoco conversamos al respecto.
Así es él: cuando quiere, quiere de verdad. Y sabe querer bien. Como pocos. Aunque a veces eso le signifique problemas y desconsuelo.         

Nos hemos dado un largo y fuerte abrazo. Las palabras son tan innecesarias a veces. Yo sé lo que él siente, y él sabe lo que yo siento. Es mi hermano y él me quiere así: en las buenas y en las malas (aunque me lo demuestre más en las malas).
Luego lo típico: se ha secado las lágrimas y los mocos fingiendo que no ha pasado nada. “¿Te vas a curar, no es cierto?” Preguntó. Aunque más que pregunta, él quería que sus palabras fueran una afirmación. “No sé, Antonio. No sé. Espero que sí”, contesté.
Caminos hasta mi escritorio para tomar café y conversar un poco.

Suposiciones: si no lograra curarme, y el porvenir trajera consigo mi muerte temprana, forzaré el famoso instante antes de dar el último suspiro en el que recordamos toda nuestra vida. Entonces lo sabré: si no puedo pasar esta prueba, habré hecho lo necesario. Y lo poco que acaso pueda recordar en ese instante, habrá sido mi vida. Estaré resumido. Minimizado a un instante de recuerdos. Seré recuerdos e instantes. Seré lo que pase por mi corazón en ese momento: seré lo último que recuerde.

Antonio seguro va a estar en esos recuerdos.

Voy a recordar su amistad, su comprensión, y su respeto por mis silencios. Su apoyo en las difíciles. Su abrazo el día que mamá murió.

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